Hace dos días asistí,
junto con la mayor parte de mis compañeros de instituto, a una charla sobre las
competencias básicas. Para quienes no estén inmersos en el mundo de la
educación escolar, bastará con saber que se trata de un enfoque - pretendidamente novedoso - sobre el
aprendizaje, que se está impulsando desde instancias tan “elevadas” como la
OCDE y la propia Unión Europea.
No pretendo discutir aquí
sobre sus posibles bondades o perversidades. Me interesa mucho más algo que
surgió en el coloquio propiciado por el ponente. Éste planteó la típica
tormenta de ideas inicial para que hiciéramos explícitas nuestras opiniones
sobre el aprendizaje por competencias. Lo que salió a la luz fue la misma lista
de problemas y preocupaciones docentes que vengo oyendo desde que nací a la
enseñanza, en tiempos ya remotos. Sí, amigos, aunque no siempre lo parezca, la
escuela es una de las instituciones más impermeables al cambio de todas las que
ha inventado nuestra especie.
De los comentarios que
hizo el ponente, uno me llamó especialmente la atención. Dijo - con otras palabras, claro está – que él nunca
se dirigiría a un grupo de profesores experimentados diciéndoles que sus
prácticas docentes no servían para nada, y que debían adoptar las novedades que
él predicaba. Si un colectivo de profesionales expertos se siente mínimamente
satisfecho (atención al condicional) con
su práctica educativa, no tiene mucho sentido pedirle que la cambie de arriba
abajo. Yo añado que menos sentido tiene aún si quien nos lo reclama es la
administración que, al mismo tiempo, nos reduce el salario, nos aumenta el
número de horas lectivas y hace más duras nuestras condiciones de trabajo. Me
temo que todo cambio educativo promovido desde las alturas está condenado a ser
superficial y estancarse en esos cenagales burocráticos tan queridos a nuestras
administraciones.
Sin embargo, a veces
sucede que el condicional al que antes me refería no se cumple. Por ejemplo, en
mi instituto, un grupo de profesoras compartimos la convicción de que las
prácticas docentes habituales pueden y deben ser transformadas para conseguir una
educación más plena en cuanto a valores, destrezas, conocimientos, etc. Si
pasamos a la acción y comenzamos a desarrollar un proceso de aprendizaje
colectivo que modifique progresivamente nuestra práctica docente, ¿qué puede
ocurrir?
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